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| Es curioso como es posible construir una analogía con tanta facilidad. Aunque las analogías suelen ser relaciones mentales propias y que normalmente nadie más entiende. Quizá deba dejar de esforzarme por transmitir algo cuando escribo, la distancia es insalvable.
Pero, volvamos al modo analógico, la gente suele decir que gastamos un tercio de nuestra vida en dormir. Por aquello de que los afortunados pueden dormir ocho horas diarias y eso supone un tercio del día. Si establecemos la media a todos los días de nuestras vidas he ahí el tercio. Sin embargo, obviando el tiempo de inconciencia voluntaria y necesaria, yo diría que la gente no sólo gasta parte de su vida en dormir, sino que la gasta enteramente en esperar: esperar el bus, el tren, la hora de salir, la hora a la que has quedado, esperar una llamada, un sí, un mimo, esperar al viernes, al sábado, o al lunes...
Cada día esperamos más que hacemos, esperamos que ocurra, no lo forzamos. Pero bueno, espero que esto cambie algún día.
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| Entré a la amplia estancia, rodeado de estanterías llenas de colores y letras. La mañana aun no parecía haber despertado pero el movimiento ya estaba allí. Un movimiento fúnebre, una procesión penosa y lenta hacia la suspensión de suspensiones.
Las caras a mi alrededor no causaban espanto ni admiración, no eran extrañas facciones o vacías de expresión, sencillamente no causaban nada. Interrumpidas en el trascurso de su día, como si su finalidad fuese, realizan el ademán de sonreír entre bastidores, considerando su decisión como la última, la clave.
Dejo allí mi identidad, quizá me llamen algun día, quizá pueda vender mi rostro a cambio de siete euros la hora.
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| ¡Oh, mar de las desesperaciones! Recupera los alces que te sirvieron fielmente como tiradores, recupera los ápices de luz en mediodía. La historia se repite en los confines del tiempo, la historia se repite hasta la saciedad, provocando las mayores carcajadas, las mayores quejas. ¡Oh, Bulkington! ¿Cuándo dejaras de acecharme en soledad? ¿Cuándo mostrarás tu rostro a la humanidad y revelarás tan inocuo sentido, tan sublime cabestrante? ¡Oh, Bulkington! A tí te escribo, cuando no me quede nadie, cuando no me quede nada por decir, seguiré rezando a tu diós, a tu infinitud errante, a tu infinitud cercana.
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| En la multitud esperaba ver algo. Aut Aut. O el desespero, o a Desespero. Feliz tú que te identificas, yo sigo en la inopia, en mi inopia. Perdido en un universo que parece ser mío. En el extremo, las opciones rechinan, reluce el miedo, se interioriza el temblor. Temblor impuro por algo tan simple, menos doloroso que la Nada, pero más presente que el Todo. Negrura en los ojos, y en mi muerte. Negrura en vida. El salmo de ateos inconclusos. Piérdeme, por relucir, por doler. No me duelo por dolerte, me duelo por ser objeto de dolor. Observa la muerte, escruta sus ojos. Y date cuenta que existe porque la creaste tú. Porque tú hiciste especial algo trivial. Tú creaste el error. Tú creaste el verdugo. Tú te creaste víctima.
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| Extraños compañeros de criterio, mentiroso sin miedos, el azar que promulga mi paciencia y ruegos, a la luz de una vela que arde eléctrica hacia el suelo.
Senténciame, te duelo. Te armo. Yo soy tu derecho y tu poder. Te pienso, luego existo y no sé. Te cuento y te resisto muero al parecer, Consuelo, muero al padecer. Secreto y pensativo, previo al conceder te duelo. Te duelo hasta el amanecer del hielo.
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